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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Correr

Los médicos dicen que correr al trote entre 30 y 45 minutos es beneficioso para la salud. Yo no tengo ni idea si es bueno o no, a decir verdad, viendo como acabo de reventado algunas veces, dudo de su beneficio para la salud. A pesar de todo, me gusta correr y no por una cuestión de salud física, en mi caso es por una cuestión de salud mental. Me calzo mis zapatillas, me pongo los auriculares, enciendo el iPod y arranco.

No recuerdo muy bien como ni porqué empecé a aficionarme a correr. De pequeño estaba bastante gordo y era muy torpe en la mayoría de las actividades físicas que practicaba. Si no me falla la memoria, creo que empecé cuando ya era “mayor”, 18 o 19 años aproximadamente. Pero sigo sin recordar el porqué. Solo recuerdo que empecé a correr con un amigo. Probablemente fuese para mantener la línea, pero cualquier hipótesis es mera especulación, ya que sigo sin entender que impulsa a una persona a ponerse a correr de la noche a la mañana sin prescripción médica ni nada.

Desde entonces siempre he corrido con mayor o menor asiduidad y mayor o menor intensidad. Casi siempre corro solo, aunque algunas se apunta algún inconsciente, pero en general, corro solo. Y lo prefiero. No por nada, sino porque, cuando corro en compañía no puedo pensar. Porque si hay algo que me gusta de correr, es pensar. Mientras la música suena y siento las pulsaciones a mil y las imperfecciones del terreno bajo las zapatillas, los pensamientos fluyen sin control por mi cabeza y todo parece ser mucho más fácil. Tienes calor y te falta el aire y agua. Y ante esas necesidades básicas que poco a poco van aflorando, el cerebro primitivo parece imponerse al cerebro moderno y todo es mucho más sencillo.

Mientras corro, los problemas de la vida cotidiana se resuelven fácilmente. Encuentras solución a las cosas que te inquietan o desagradas. Entiendes aquello que te dejó pensando en su momento. Planificas lo que vas a hacer. Imaginas cosas. Y un sinfín de cosas. En general es una liberación para la mente, o como decía antes, una mejora de mi tan deteriorada salud metal.

A la hora de buscar un sitio para correr que yo considerase apropiado, siempre he tenido mucha suerte, ya que siempre he dispuesto de buenos sitios para realizar esta práctica. He vivido en tres sitios diferentes, Los Cristianos, León y Madrid. Y en todos ellos he disfrutado de lugares cerca apropiados para esta práctica. En Los Cristianos corría por el paseo de la playa, en León por la Candamia y en Madrid por la Casa de Campo. De estos tres sitios, para mi cada uno tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Por un lado, me gusta correr cerca del mar por el olor que desprende y la sensación de humedad, pero a la vez, me gusta correr por sitios pedregosos y donde haya poca gente, que me proporcionen cierta sensación de aventura.

En estos tres lugares tengo mis recorridos y me cronometro, pero nunca me he impuesto nada, sé que no voy a ganar medallas ni nada, ni cochina falta que me hace. Yo corro por placer a la vez que necesidad, por sentirme bien conmigo mismo, sencilla y llanamente. Me gusta encontrar mi límite, pero si algún día no doy más de mi, no voy, no pasa nada, me paro y hago lo que me queda andando. Esto lo hago para estar bien y eso no cuadra con sentirme a disgusto.

Respecto al tiempo, me da igual. Cuando empezaba a correr prefería el calor intenso, incluso llegaba a salir a correr a medio día en pleno verano, pero ahora me da igual. Me gusta sentir el calor aplanarme la cabeza mientras el sudor poco a poco va oscureciendo la camiseta. También me gusta el frío, sobre todo si hay nieve, teniendo que apoyar bien los pies y fijándote donde pisas para no resbalar y acabar con tus huesos en el suelo. Y como no, la lluvia. La lluvia me encanta. La lluvia, es la mejor aliada para correr, te incita a correr, ya que si paras a mitad de un chaparrón, sabes que vas a acabar como una sopa y es muy probable que al día siguiente estés enfermo, por lo que no queda más remedio que seguir corriendo.

Lo que si tengo claro, es que prefiero correr por la tarde, pero sin que sea de noche. Por las mañanas, aunque ya me haya despertado, mi cuerpo va con retraso y se empieza a activar a partir del café del mediodía. Antes es pedir milagros, sigo sin saber como aguantaba las clases de educación física en el colegio. Y lo de correr de día, es muy sencillo. Cuando se corre por sitios como la Casa de Campo o la Candamia, donde la mayoría del recorrido es de tierra y tiene irregularidades, correr de noche es un suicidio, porque o te puedes joder un ligamento o directamente te puedes pegar un tortazo contra el suelo.

Y pensando un poco en todo esto, me he acordado que hace un año aproximadamente me leí un libro que hablaba de correr, se titulaba “De qué hablo cuando hablo de correr” de Haruki Murakami. Es un libro muy corto, se lee en un verbo, y con el cual, yo personalmente me sentí muy identificado, pues muchas de las cosas que se dicen en el libro, se me han pasado por la cabeza y podría haber escrito yo mismo de haber tenido el talento que tiene este señor para la escritura. Pero como no lo tengo, me limitaré a seguir corriendo.


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