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viernes, 10 de diciembre de 2010

Miguel Hernández


Se acaba el año, se acaba el 2010 y lejos de pensar en las fiestas o lo viejo que se hace uno, con el final de este año, se acaba el año del centenario del nacimiento del que para mí, es el mejor poeta español, Miguel Hernández. Y podría llenar millones de folios hablando de él, o tal vez, con una sencilla página en blanco me valdría. Porque hablar de Miguel Hernández, es hablar de la luz y la oscuridad, de la centella y la ceniza, de una sonrisa cegadora y de una lágrima deslizándose por la mejilla, de un corazón constantemente encogido. Y a veces todo eso, es mejor no escribirlo, es mejor sentirlo.

Se acaba el año y es una pena que en esta España tan envidiosa, rancia, inculta, ruin y carente de memoria no se haya hecho un reconocimiento más significativo al denominado Poeta del Pueblo o el Poeta Pastor. Y duele pensar que si hubiese nacido en otro país, ahora mismo, sería mucho más reconocido de lo que es… pero supongo que es lo que toca. Aun así, aquí quiero dejar unas pocas palabras sobre este escritor, mi pequeño, sencillo y honesto homenaje.

Miguel Hernández, desde su Orihuela natal fue dominando el arte de la poesía de manera autodidacta. Probablemente carecía del talento o la elegancia de contemporáneos suyos como García Lorca, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti o Pablo Neruda, pero tenía algo dentro que te llegaba al alma, una chispa en sus poemas que hacía de estos puñales que se clavan en el pecho al leerlos. Y los que escribimos poesía sabemos lo difícil que es esto, si llegamos escribir un par de versos así al año te das por satisfecho. Pero él lo conseguía con franca naturalidad.

Su poesía pasó por varias etapas. Pasando de una poesía vinculada con la naturaleza que le rodeaba y la religiosidad, pasando por su etapa revolucionaria y acabando ya en sus últimos años de vida con unos poemas de pesimismo, desesperanza y pena. Por eso se podría decir, que Miguel Hernández tiene poemas para todos los gustos y todos los momentos de la vida, porque si hay algo que cabe destacar de él, es que en su corta vida sintetizó toda la existencia vital, pasando por todas las edades y todos los estados de ánimo y abordando diversos temas, todos en plena vigencia hoy en día, como el poema de El niño yuntero, donde habla de los niños que desde bien chicos se ven abocados a trabajar sin ninguna otra posibilidad en la vida que trabajar.

Personalmente, la poesía que más me gusta de toda su obra es la surgida del tramo final de su vida, cuando nace su cancionero y romancero de ausencias, donde hace gala de una sencillez, a la vez que de una pasión abrumadora. Esta etapa dio origen a su poema más conocido, las nanas de la cebolla, que escribió en la cárcel dedicado a su hijo después de leer una carta de su mujer Josefina en la que le decía que no tenía para comer otra cosa que pan y cebollas.

Traicionado por sus vecinos, acabó sus días de prisión en prisión, esquivando a la muerte, viendo a su mujer y a su hijo tras unos barrotes, y enfermando poco a poco hasta acabar muriendo en 1942, a la corta edad de 32 años ante la pasividad de la humanidad cristiana de la que hacían gala los vencedores de una guerra civil que regó de sangre los campos de España. Ahí acabó la existencia de un hombre que vivió comprometido con sus pensamientos y sus sentimientos. Ahí nació el poeta eterno.

A mi, nunca nadie me enseñó quien era Miguel Hernández, no recuerdo a ningún profesor leerme poemas de él, contarme su vida o su obra. Tuve que conocerlo por otras fuentes, en este caso fue la música quien me lo descubrió. Si, la música. Cuando todavía era un enano mi madre me ponía una y otra vez la cinta de Paco Ibáñez en directo desde el Olympia, París, en el cual cantaba la canción de Aceituneros. Esa canción se me gravó como a fuego en la parte más profunda de mi cerebro y todavía cada vez que la oigo se me pone la piel de gallina, me falta el aire y la saliva para articular palabra. Se me para el mundo, pues hay más mundo que esa guitarra y esa voz ronca ante los versos de Miguel Hernández.

Aparte de Paco Ibáñez, no puedo dejar de mencionar a Joan Manuel Serrat, que con su disco homenaje de 1972 a este gran poeta fue capaz de poner música a unos poemas llenos de sentimientos de manera muy correcta. Y por favor, no dejen de escucharlo, que aunque haya sacado otro disco homenaje recientemente, para mí, comparado con el primero no hay color.

A partir de ahí, los poemas fueron cayendo. Algún libro por casualidad, donde yo crecí, las librerías no eran lo más abundante. Fui intentando entender cosas que al principio se me hacían incomprensibles, pero que poco a poco, iban cobrando significado y llenando mi ser.

Esto me lleva a autoafirmarme que, en contra de los que piensan que los niños no se enteran de nada, otorgándose patente de corso muchos “padres” para hacer lo que quieran, la educación de una persona va desde que está en el vientre de la madre hasta su muerte.

Aunque si quieren que les sea sincero, todo lo que diga de Miguel Hernández es pura palabrería, si hay una manera de homenajear a este poeta es leer sus versos. Así que por favor, lean sus poemas. Vale la pena, se lo aseguro.

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