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lunes, 17 de enero de 2011

Cena de la pandi 2010

El pasado día 30 de diciembre de 2010 tuve una cena con unos chavales que hace años llevábamos de campamento. Este tipo de actos sociales se suelen hacer cada año, aunque desde que me fui a Madrid, me desentendí por completo de estos u otros actos sociales, y no por gusto, sino por la imposibilidad física de asistir. Hubo que esperar hasta a las navidades del 2009 para que me reenganchara. El pasado día 30, como les iba diciendo, se celebró la última. Fuimos a una Pizzería del centro de León, los asistentes pertenecían a los campamentos celebrados en 2003 y 2004. Obviamente no fueron todos los que éramos, imagínense si no, faltaban muchas personas entre monitores y acampados. Pero si estaban la mayoría de personas con los que con el tiempo, he ido manteniendo más o menos contacto.

En aquellos campamentos había de todo, tanto de monitores como de acampados. Cada uno tenía una forma de ser y en función de eso, cada uno interpretaba un papel sin guion establecido. La mayoría éramos desconocidos, cada uno de su padre y de su madre, llegábamos de hacer nuestras vidas y de repente, nos juntábamos a convivir durante dos semanas lejos de nuestro entorno bajo un mismo techo. Los monitores íbamos sin cobrar un céntimo, mano de obra barata, unas palabras de agradecimiento al trabajo bien hecho como mucho y nos podíamos dar con un canto en los dientes. Pero incluso a veces hasta eso faltaba por parte de los promotores del campamento. Así que al final, nuestra única recompensa era pasarlo bien e intentar hacerlo pasar bien, y que demonios, intentar trasmitir algo, lo que buenamente pudiésemos, ya fuesen valores, conocimientos y por supuesto, cariño. Eso compensaba todos los problemas, los cabreos, las pocas horas de sueño y demás.

En aquellos campamentos yo era probablemente el idealista, aunque eso nunca fue motivo suficiente para llegar a discrepar con nadie, y a unas malas, siempre había algún compañero que con dos palabras sabía tranquilizarme. Porque al final de todo, esos ideales, por muy sólidos que fuesen, siempre morían en post de los sentimientos y las sensaciones. Pues cuando todo acababa y volvíamos a nuestras respectivas casas, lo más duro para mí, ya no eran las ausencias, sino la incapacidad de explicar cómo en unos pocos días se podían llegar a acumular tantos sentimientos y sensaciones. Un millón de sentimientos y sensaciones que legaban y no estaban dispuestas a irse así por las buenas. Y así despertarme en mi casa en el más absoluto de los silencios y darme cuenta que todo eso que llevaba dentro, nunca llegaría a poder explicarlo y aunque lo intente, nadie lo entendería jamás. Eso era sin duda lo peor.

Pero el tiempo ha pasado y cada uno ha tomado su camino, aunque como decía al principio, algunos hemos seguido manteniéndonos en contacto. Y mientas estoy sentado en una misma mesa con todos aquellos chavales, traen una cerveza para beber con ellos, esa misma cerveza que antes no te podían ver beber, bebo y empiezo a pensar en silencio en cómo han crecido desde que te contaban sus problemas de infancia y adolescencia hasta ahora. Y la verdad es que conforta ver como todos con los que compartía pizza y cerveza esa noche, cada uno con su particular forma de ser, han crecido por un camino que se podría decir que es correcto.

Obviamente, tienen defectos y muchos, como todos, y en esos defectos veo algunos que yo tuve a su edad y algunos otros que sigo conservando con gran pasión. Pero al fin y al cabo, defectos que te permiten afrontar la vida permitiéndote soportar la mirada ante el espejo. A veces a uno le entra el complejo de abuelo cebolleta y piensa en darles consejos, diciéndoles “haz esto o deja de hacer esto otro” o la típica “cuando tengas mi edad...”, porque uno ya vive con alguna cicatriz y no quieres que nadie más cargue con ella, porque recuerdas el dolor de la herida antes de la cicatriz. Pero sabes que es inútil, al igual que yo en su día no hacía caso a consejos de nadie, ellos tampoco lo harán, entonces te limitas a ponerlos en preaviso para que por lo menos cuando llegue el momento digan: “el muy hijo de la gran puta tenía razón” y sepan orientarse un poco dentro del caos que se avecina. Pero hasta entonces, y aunque alguno ya vaya algo marcado, hay que dejarlos que vivan, que triunfen y fracasen, que rían y lloren, que se enamoren y se desenamoren, como a todos nos ha pasado hasta ser lo que somos.

Pues la vida de una persona se va forjando fundamentalmente a base de vivencias, aunque no solo de vivencias, sino de libros, músicas, películas, etc. Ya que un libro en el momento apropiado, o una canción en una situación precisa por ejemplo te pueden cambiar la vida. Yo esos cambios los recuerdo con filósofos, libros de aventuras, películas o grupos musicales. Y a estos chavales, los cambios les habrán venido por cosas que perfectamente no se asemejarán en nada a las mías. Las que les han cambiado, y lo que les queda por cambiar, ya que los sentimientos y los pensamientos son muy susceptibles a cualquier estímulo si uno va con la adecuada predisposición.

Pero volviendo a las vivencias, como decía antes, estas son las que más determinan a las personas. Y dentro de todas las vivencias que les habrán afectado, están las que tienen que ver con la educación que hayan recibido a lo largo de todos estos años y las personas partícipes de la misma. Y aunque dentro de la educación de una persona influyen muchos individuos y muy probablemente los monitores de aquellos años fuésemos los que menos, a uno siempre le gusta pensar que para hacer esa casa en construcción uno puso su granito de arena. A veces la vida ya solo por ese granito de arena, ya tiene sentido. Y más cuando la casa vale la pena.

Lógicamente, habrán de vivir muchas otras cosas, tendrán malos y buenos momentos que les harán diferentes personas a las que son ahora para bien o para mal, pues hay que tener bien presente que quedan muchas situaciones en stock para todos y alguna que otra decepción, que esta perra realidad nos hará perder muchas batallas y que esta cochina España nos robará muchos sueños, como a tantos otros. Pero nunca hay que rendirse, hay que vivir con la suficiente obstinación para seguir luchando, luchar, no para vencer donde otros fracasaron, sino luchar donde uno sueña con vencer.

Como me dijo un castizo: “El tiempo es un juez que a nadie conoce, pero que a todos nos pone en nuestro sitio” y probablemente el tiempo nos acabe distanciando a todos definitivamente, ellos harán su vida como es lógico y yo seguiré intentando hacer la mía ilógica, y de verdad que si pasa lo sentiré mucho, pero ya luzco un buen puñado de canas como para saber que es ley de vida y hay que dejar que cada pájaro vuele donde le lleve el viento, sean felices y en general que les valla todo bonito.

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