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domingo, 27 de febrero de 2011

Libros

Hay tres cosas que para mí son sagradas: libros, música y películas. Y los que me conocen bien, saben que a muy pocas personas les dejo un libro, les recomiendo una película o le paso canciones, por poner un ejemplo. Hay tantos libros, películas o canciones en mi interior, que representan algo tan íntimo para mí, que pienso que si los dejo, perderán algo y con ese algo, ser irá una pequeña parte de mi ser. Aunque de manera especial, esto me sucede con los libros.

Para mí los libros son algo especial. Los cuido con un celo desorbitado, desde chico, cuando, si alguien limpiaba mi estantería, y no dejaba los libros como yo los había colocado, teníamos jaleo. Aún recuerdo una bronca con mi madre cuando yo no era más que un mocoso tocapelotas, a partir de la cual, de ahí en adelante me tocó limpiar la estantería de mi cuarto a mí. Me gusta plantarme delante de mi estantería y observarlos. Tampoco es que tenga una gran colección, pero es la mía, personal y única. Y mientras lo pienso, recuerdo cuales me gustaron, como llegaron a mis manos y evoco los momentos buenos y malos asociados a esos libros.

Recuerdo el Guerra y Paz leído casi a oscuras por las noches mientras trabajaba en un centro de acogida de personas sin techo. Recuerdo leerme el Lazarillo de Tormes en un avión, mientras todos me miraban porque yo me destornillaba de risa. Recuerdo el Tres Sombreros de Copa leído en un tren con una rubia delante mio que no dejaba de mirarme. Recuerdo la trilogía de El Señor de los Anillos en mi habitación de Sundsvall mientras una toalla hacía las veces de cortina. Recuerdo esas noches echado en una litera en Madrid leyendo las aventuras de Lisbeth Salander. E incluso también recuerdo leerme El Ocho de Katherin Neville a toda prisa entre copa y copa de vino sólo para que, la que era mi novia de aquella no se sintiera mal, pues ella me lo había regalado a pesar de no tener un pavo entonces.

Otros libros me han marcado por alguna de sus frases, ahí están por ejemplo Abril Rojo con aquella frase que decía “Eres una de las muchas cosas que no entiendo, pero la única que me gusta no entender”; o del libro Memoria de la Melancolía de María Teresa León adquirido en la Casa del Libro de la Gran Vía madrileña, cuando dice “dejadnos las ruinas. Debemos empezar desde las ruinas”. U otras frases que tengo grabadas como a fuego de mi amigo el Capitán Alatriste como “solo queda batirnos”, “Habrá que matar y puede que mucho” o “mi nombre es cosa mía. Y a mí, me da un ardite el vuestro”.

Tampoco puedo dejar de pensar lo mucho que me identifico con algunos pensamientos de Haruki Murakami, Juan José Millás o de Arturo Pérez-Reverte en su libro El Pintor de Batallas. O en aquella escena de Brooklym Follies que me tocó vivir, cuando yo también pensé lo increíblemente egocéntrica y egoísta que era una persona mientras velaba a mi abuela. O verme un día, parado en medio de la calle y reconocer que el cabrón del Abate seguía teniendo razón. Y no querría olvidarme de mencionar a Miguel Hernández, que tantas veces me revolvió el pecho, a Walter Mosley que me cambió el color de piel o de un hidalgo que me hizo ver lo perra que es esta España.

También recuerdo cual fue el último libro que regalé a alguien o el último libro que presté a una persona por ejemplo. A decir verdad, casi podría recitar de memoria todos los libros que he dejado y todos los que he regalado, la lista en ambos casos no sería muy larga. Y siempre que lo he hecho, lo hice de manera insegura, dudando hasta el último segundo, pues solo suelo regalar o prestar libros que a mí me gustaron, de no ser así, ni me molestaría en regalarlos o dejarlos. Y lo que es más importante, en su momento representaron algo para mí, algo muy importante, y pienso que al dejarlos o regalarlos, si la otra pesona no siente lo mismo, perderán algo de su encanto. Si, lo sé, es una gilipollez de pensamiento, pero es lo que hay. Sea como fuera, lo que no cabe duda es que los libros son algo muy personal y regalarlos, requiere un acto de humildad.

Podría seguir hablándoles de todos los libros que llevo anudados a las ojeras, tan vivos hoy como cuando los leí, que tengo en mi memoria como algo vivo que me gustaría no olvidar nunca, que me han enseñado tanto de esta vida. Hoy en día, unas oposiciones me han apartado de este placer, pero sé que algún día volverán, sé que algún día volveré a pisar tierras griegas de la mano de Herodoto, volveré a navegar con el capitán Aubrey o asistiré a las fiestas del Gran Gatsby. Hasta entonces, y mientras tecleo, puedo verlos, suspendidos en la estantería, esperando que los vuelva a abrir, que los oxigene, mientras ellos me oxigenan a mí, llevándonos mutuamente a tiempo y lugares lejanos y desconocidos. Donde el mundo solo se reduce a tinta, papel e imaginación.

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