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miércoles, 13 de abril de 2011

Caminando delante del Instituto Giner de los Ríos

Hace un tiempo, hablando con un amigo manchego sobre sus posibilidades de ascender en el trabajo. Él me decía que estaba preocupado por las personas a las que podría perjudicar si le ascendían. A lo cual yo le afirmaba que “todas las decisiones dejan cadáveres por el camino”. Él ante esa frase me miró extrañado, y me respondió “joder, que no voy a matar a nadie”. En ese momento me eché a reír, sabedor que no me había entendido, y es que no todos los cadáveres implican un charco de sangre en el suelo. Los cadáveres son todas aquellas personas que, se ven perjudicadas de algún modo por las decisiones que tomamos o incluso por las que dejamos de tomar. Por ponerles un ejemplo, si mañana le contrataran a usted para reponer en un supermercado, es obvio pensar que han dejado a otra persona sin contratar, a lo mejor alguien con pareja e hijos que veían en ese trabajo su única esperanza para que el banco no les embargara la casa. Esos son sus cadáveres, aunque no siempre son tan directos.

Por supuesto, no digo que haya que ser hermanas de la caridad, todo lo contrario, cada uno ha de buscarse los garbanzos, aunque siendo siempre consciente de las consecuencias de nuestras decisiones y más en un mundo tan globalizado como este, donde cualquier acto tiene repercusiones más allá de nuestro entorno más cercano.

Pienso en estas cosas todas las mañana cuando paso delante del Instituto Giner de los Ríos camino de la Universidad. Caminando por allí, me fijo en los chavales que, parados en la entrada, esperan el sonido del timbre que les anuncie el inicio de las clases. Todos con su indumentaria típica, como componentes de una tribu urbana inexistente, pero perfectamente uniformados, en su mayoría chándal o vaqueros, cazadoras tres tallas más grandes, tenis anchos y gorra encasquetada con la visera apuntando para el cielo. Todos, con la misma mirada desafiante y la misma pose de cansancio. Y de todos ellos, me fijo especialmente en aquellos que, a tan tempranas horas ya andan fumando cigarrillo de cannabis o hachís.

No es que nunca lo hubiese visto antes, ya cuando iba yo al instituto tuve compañeros que se empolvaban la nariz o les quemaban las patas al diablo. Tampoco me sorprende la impunidad, ante una sociedad pasiva, una policía que no siempre está dispuesta a sacar brillo a la chapa, y por supuesto, ni siquiera me sorprende la ignorancia de unos padres que viven en el fuerte de la mentira y la despreocupación que ellos mismos han construido. Y por supuesto, no tengo cochina intención de ponerme ahora a decirles a ustedes ni a nadie que los consumos de drogas tienen niveles preocupante, ni que si son malas para la salud, ni cosas por el estilo, allí cada cual que se mate como le de la real gana.

Ahora bien, lo que si me molesta es la suficiencia, soberbia y altivez de unos chavales tan jóvenes, que creyéndose saberlo todo no saben nada. No saben los cadáveres que dejan por el camino. Viven en un mundo global del que, a la vez presumen y dicen conocer y dominar más que nadie, aunque para ellos la globalidad no va más allá de Facebook o Tuenti. Y la globalidad no es sólo eso, la globalidad es que lo que se hace una esquina del planeta, tiene repercusiones en la otra, la globalidad es que por ejemplo para que una persona consuma drogas ilegales en un país, conlleva la muerte de miles de personas en México por el control del tráfico de drogas o la esclavización de otras tantas en suramérica, incluso en ocasiones jóvenes más pequeños que los que consumen drogas aquí, o su utilización para financiar el terrorismo en Afganistán.

Eso es la globalidad, las repercusiones de nuestros actos a nivel global, no solo local como siempre hemos pensado. Esos son nuestros cadáveres, esos son los cadáveres de esos jóvenes, de sus padres, de los profesores, de la policía y de la sociedad en general. Todos ellos, son los principales responsables y tienen sus manos manchadas de sangre. Negarlo es una acto de mentira o de ceguera mental. Así que seguid consumiendo todas las drogas que os permita la salud, pero siempre siendo conscientes que por esa droga se mata, y ustedes finaciáis esa muerte. Y lo que más rabia me da, mientras aquí lloramos por la desdicha de disponer de todo, otros sufren o mueren para que lo tengamos.

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