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domingo, 24 de abril de 2011

Se acaba la semana santa

Ya llega a su fin la semana santa y las calles, antes llenas de costaleros, cofrades, papones, músicos, penitentes, turistas y curiosos tras una tallas que alzadas al cielo desafían la gravedad con un balanceo incierto, se vacían. Desaparecen de las parrillas y los noticiarios informaciones sobre procesiones, predicciones meteorológicas y de cómo preparar un menú sin carne. Y que quieren que les diga, no quisiera que ustedes pensaran que esto me afea el gesto, ni mucho menos. Más bien todo lo contrario, me alegra y tranquiliza a partes iguales.

Yo nunca fui muy devoto, y para un chiquillo que se crió en el sur de Tenerife, la Semana Santa implicaba dormir hasta tarde e ir a la playa si el tiempo acompañaba, cosa bastante normal allí. Es más, no tengo siquiera recuerdos de ver procesiones en la tele, de hecho, no sé si de aquella, de los dos canales que teníamos, alguno de ellos se dedicaba a proyectar esos acontecimientos. Y por supuesto, las prohibiciones cárnicas no eran precisamente cosas en las que pensara… con lo ricos que estaban los perritos calientes del Bahía o el Morales. Pero pasó el tiempo y mi culo inquieto me llevó a otros lares, donde cosas del destino, los desfiles religiosos, acompañados de la banda de música, papones, y autoridades civiles y militares, junto a un montón de espectadores abarrotaban las calles. Para mi aquello, resultaba extraño, extrañeza que se prolonga hasta hoy.

Me sorprendía ver a tanta gente alrededor de estos actos, gente de todas las edades, que se emocionaba ante estas cosas, incluso jóvenes, más que yo, es más, allí había amigos, amigos que no llevaban una vida especialmente espiritual. Amigos que me llegaron a convencer para que viera una procesión. Les hice caso. Me paré en medio de la calle bien presto a asistir a ese desfile religiosos, con la mente abierta para asimilar ese acto. Pecador de mi, no sentí nada y aguanté 5 minutos. 5 minutos. Había aguantado mucho más rato observando cuadros como El triunfo de la muerte de Brueghel el Viejo, la entrada de Alejandro en Babilonia de Charles Le Brun, el 2 de mayo de Goya, o el nacimiento de Venus de Botticelli. Pero aquel día, mi interés y paciencia duraron 5 minutos.

Pasados esos 5 minutos me dirigí a un bar cercano a enjuagarme el gaznate con una cerveza. Y de repente me vi rodeado de papones, seguidores de las procesiones y demás. Personas que venían o iban de procesar su amor por dios y su confesión, bebían como descosidos brebajes espirituosos entre voces, y de pronto me di cuenta de cómo funcionaba aquello, en qué consistía el espíritu de la Semana Santa. Como todo en España, este era el circo del pueblo, la hipocresía del día a día. Porque esto nada tenía que ver con la religión. Esto es mero circo.

Porque si las procesiones, bien pueden ser una tradición bastante antigua, estas, de un tiempo a esta parte están viviendo un auge como un reclamo turístico, un disfraz de bien cultural, intentando ocultar la raíz religiosa y la oportunidad de estar de mamoneo. Todo acompañado por las autoridades de un país que se reconoce así mismo como aconfesional. Aunque no satisfecho con mis conclusiones decidí preguntar más rodada en esto de la vida que yo, confirmando mis pensamientos.

Las procesiones era un elemento religioso en plena decadencia hasta que unos personajes de la política vieron en estas un reclamo turístico que les permitiera llenar sus pueblos de personas que dejaran la guita. Con esto, muchos personajes famosos decidieron soltar una pasta gansa con el fin de acompañar las procesiones a fin de resaltar la importancia de su localidad, aunque el resto del año no pusieran ni un huevo allí, en ese momento tocaba ir. Y a estos les acompañaron las cámaras. Llegando al punto que todas las localidades formaron sus procesiones, incluso aquellas en las que nunca hubo tradición. Incluso en algunos colegios se puso a los niños al lio semansantero. Aumentaron el número de figuras, pasos, cofradías y cofrades. Acrecentando el espectáculo y la presunta pasión y devoción religiosa de un país que se pasa el día pecando, y no hablemos de las veces que se leen los libros sagrados y se visitan las casas de culto. Llegando al punto que si un paso no sale por la lluvia, supone un drama en todo el populacho, mucho esfuerzo durante un año por un fenómeno natural, que lo mismo se presenta como lo mismo no. Y créanme que hasta ahí llegaron mis entendederas, pero no cabe en mi cabeza que una persona pueda llorar por algo así. Tal vez sea porque me he criado entre el campo y el mar, donde la resignación por las inclemencias meteorológicas están a la orden del día, tal vez porque me niego a seguir ninguna religión, tal vez porque leí los libros equivocados. Tal vez, yo carezca de sentimientos, pero lo cierto es que en un viaje a Suecia, intentando yo explicar estos actos, les puedo asegurar que todos los comentarios iban de la extrañeza a la burla, autoafirmándome en que algo fallaba en esto.

Pero, sea como fuera, se acaba la semana santa, y en nada llegará la romería del Rocío y allí estarán las cámaras de televisión, y verán ustedes como la gente llora como loca por alcanzar a atajar a una talla que se pasa todo el allí, más sola que la una, pero que llegado el día, todos quieren y deben verla. En fin, la España más inculta de nueva saltando a la palestra de los medios de comunicación. Esto no tiene nada que ver con la religión, esto tiene que ver con el espectáculo, que como cantaba Queen: The show must go on. Aunque cabría preguntarse si se toleraría tanto el show, si este, en vez de católico fueses musulmal... ahí lo dejo.

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