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jueves, 2 de junio de 2011

Caminando por la Calle San Pedro

El pasado día 30 de mayo me dirigía presto a renovar el paro en una de las oficinas de León. Si, lo confieso yo soy uno de esos españolitos que fastidian los buenos augurios políticos engrosando esa maldita lista, pero en este país un diplomado en magisterio vale únicamente para lo que vale, dar clases, demasiado preparado para reponer o poner copas y muy poco para cualquier otro trabajo. Era ya bien entrada la mañana, e iba por la calle San Pedro cuando me los encontré de frente. No era la primera vez que los veía, ni mucho menos, aunque siempre me fijo en ellos y me despiertan sentimientos encontrados.

No soy un blandengue para según qué cosas, más bien todo lo contrario, ya he visto muchas cosas que me han fijado muy bien la coraza al pecho y suelo mostrar notable indiferencia hacia la mayoría de cosas que a otros les producen asombro o estupor. Pero eso no quita que me fije en lo que pasa a mi alrededor, que sea curioso y me percate de cuestiones que para otras personas pasan desapercibidas. Y ellos son una de esas excepciones que me hacen sentir incómodo conmigo mismo.

Los que se suelan mover por el centro y por el barrio de El Ejido sabrán de lo que les hablo. Son una pareja de señores mayores, con el pelo encanecido, cada uno con su respectivo bastón, en manos diferentes, mientras que la que les queda libre, la usan para ir bien aferrado el uno al otro. Él siempre va un paso por delante, marcando el paso, pausado, tranquilo, y con la mirada fija en el infinito bajo su gorra como vislumbrando la meta a donde espera llegar pronto. Ella pañuelo en alto, un pasito por detrás, camina algo más encorvada e insegura y suele mirar al suelo.

No sé cuántos años tendrán, pero se les nota que ya llevan bastantes en el zurrón. No se fijan en nadie, van ellos dos solos. Da igual la hora que sea o la época del año, invierno o verano, haga frio o calor, nieve o haga un sol de justicia. Siempre me los topo por la calle, andando como desafiando a esos caprichosos dioses. Como esa roca que moldea la corriente superficial del rio o ese dique que cercena en seco el oleaje del mar.

Nunca los he visto con nadie al lado, ni siquiera recuerdo verlos hablar con alguien, no sé si tienen más o menos hijos o si los llegaron a poder tener, tampoco si les queda algún familiar, cercano o lejano o si son de aquí o de allá. Porque como les decía siempre los veo solos, ellos dos solos desafiando las maltrechas calles y las inclemencias meteorológicas de esta ciudad bimilenaria, que por suerte para ellos no es Madrid o una de esas ciudades que de tan modernas que quieren ser, ya ni en nuestros mayores piensan sus dirigentes ni arquitectos.

Me imagino en cómo serían cuando eran jóvenes, bien vestidos y coquetos sin duda, no piensen que van dejados o de cualquier manera. Serían bajitos, como tantos otros españoles, piel morena, con la mirada inocente y la sonrisa fácil, dispuestos a dejarse asombrarse por cualquier cosa y a hablar con cualquiera que se les acercase con un poco de conversación. También me los imagino habiéndose querido mucho y aguatándose mutuamente durante muchos años en situaciones no siempre fáciles ni dichosas. Aunque a lo mejor, eran todo lo contrario, pero yo me los imagino así, permítanmelo.

Me los imagino jóvenes y de paso pienso también un poquito en mi. En estos 30 años que me acompañan, aunque no los aparente salvo por estas malditas canas que no dejan de aflorar en mi cabeza. Sé que estoy en la flor de la vida, que me queda todo un futuro por delante, pero por primera vez dudo, dudo y me pregunto en cómo seré cuando tenga la edad de estos señores. Espero sea lo que sea, tener la entereza que ellos tienen, y permanecer con la dignidad intacta cuando ya no quede un pelo por blanquear y mis movimientos no sean lo precisos que son hoy en día y mi lucidez se ponga en entredicho.

Llego a la oficina del paro. Y gracias a que esto es León, estas cosas suelen hacerse rápido. La señora me sella el papel y salgo en menos de 5 minutos. Me paro un segundo en la puerta para ponérme las gafas de sol mientras miro al cielo y arranco a caminar pensando otra vez en la pareja que ya hace buen rato dejé atrás. Como alguien que se ha criado cerca del mar, sé que al igual que siempre llega la ola que desgarra el dique, llegará el momento en que estos señores desaparecerán de nuestras calles. No es un mal deseo, es el ciclo de la vida, todos desaparecemos tarde o temprano. Y no cejo en pensar que si se va uno de ellos primero qué será de su compañero de viaje, tendrá atención, o se quedará solo o tal vez puede que de la pena se vayan los dos a la vez.

No tengo ni idea de lo que pasará, pero lo cierto es que pensando en ellos siento pena, si pena, ese sentimiento bastardo que no ayuda a nadie, ni al que la siente ni del que se siente. Siento pena y duda, la duda del futuro incierto.

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