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lunes, 6 de junio de 2011

Consolas

Mientras hago mis horas de estudio en la biblioteca, tengo el ordenador encendido, de hecho es mi herramienta de trabajo, no sé qué haría sin él, me permite buscar leyes, órdenes, ideas, proyectos y de más cosas, que o bien ya tengo en el correo o localizadas en una página o están por encontrar como ese tesoro de la isla.

Pero tampoco, les voy a engañar, de vez en cuando le echo un ojo a mi cuenta de Facebook o Twitter, más a este último, porque siempre puede salir una noticia curiosa o interesante. De hecho sin ir más lejos, gracias al Twitter el otro día me enteré que tuvieron que ir los bomberos a un bloque cerca de mi casa a sofocar un conato de incendio. Cuando vi el bloque, pensé que era mi propia casa y claro, temblé, pero al final, por suerte para mí, no fue el caso.

Hoy, mientras me lio con el estudio lo he abierto hace unos escasos segundos y me saltó la siguiente noticia: “La feria del E3, a la espera de unanueva generación de consolas”. Asombroso pienso, yo sin catar la actual todavía y ya se piensa en la nueva. Y en esas, echo la vista atrás para recordar los tiempos en los que yo mataba por una consola

Aunque ya había hecho mis pinitos con la Atari 2600 y con un viejo Amstrad, todo empezó con aquella mítica Game Boy gris de tamaño ladrillo y resistencia a la par, a la cual le siguieron la Mega Drive, la Super Nintendo, la Sega Saturn, la PlayStation y la Nintendo 64. Y cuando ya llegaba la nueva hornada de consolas con la X-BOX y la PlayStation 2 a la cabeza, abandoné el barco y acabó una parte de mi vida. Bueno, acabó en parte, con el tiempo me hice con la Nintendo DS y la PSP, pero no crean que les dediqué el mismo tiempo, ni siquiera parecido que a las primeras en sus días. A medida que pasaron los años las fui encontrando cada vez menos interesantes y perdía más bien pronto que tarde la paciencia. Ahora ya casi ni las toco, salvo a la PSP para echarme alguna partidita al Pro o al Virtua Tennis.

Yo era de los flipados, o si prefieren, de los frikis. No solo jugaba, sino que llegaba a comprarme hasta cuatro revistas de consolas al mes, cuatro revistas que me leía. No me negarán que para un muchacho tan joven, cuatro revistas al mes a una media de más de 80 páginas por revista era bastante lectura para un mes por muchos dibujitos e imágenes que tuvieran estas. Me leía todo lo que tuviese que ver con las consolas, salvo los libros de instrucciones, que estaban muy bien, pero que solo los pringados osaban siquiera a tocar. Había que acceder el juego desde cero, como un desafío para demostrar las propias habilidades de cada uno.

Conseguir un juego era una proeza, entre 8.000 y 10.000 de las antiguas pesetas costaban, aunque el precio podía variar en función de la plataforma, el juego en concreto y el momento en el que se encontrase respecto de su salida al mercado. Pero era difícil convencer a una madre que te diese esa suma de dinero para hacerte con algo que ella ni entendía, ni quería comprender, y más pudiendo estar uno estudiando, jugando con los amigos o ayudándola con las labores, que resultaba más barato y productivo. No, antes no era como ahora, donde unos padres desatentos con sus hijos, les dan el dinero y que sea lo que dios quiera, como si se lo gastan en drogas, pero que no quieren ni enterarse de nada, ni ser molestados mientras descansan de la dura jornada laboral. Dureza que antes parecía no existir.

Los primeros juegos eran simplones y con píxeles del tamaño de garbanzos, nada que ver con los gráficos de ahora. Había 2 o 3 botones útiles en los mandos nada ergonómicos, pero costaba coordinarlos para según qué juego, donde los niveles de dificultad, no los hacían tan accesibles para todo el mundo, si los llegaba a haber. Y lo de guardar records o salvar partida ni se sabía lo que era, salvo para algún juego de rol. Si te mataban, vuelta a empezar desde el principio. De aquella, ni calificaciones por edad había, eso ya vino con las 32 bits, donde los juegos adquirieron un realismo, hasta la fecha inimaginable salvo para los usuarios de PC’s. Y ahora que caigo, al decirles el número de bits de los procesadores de las consolas de entonces me doy cuenta que no sé cuántos tienen las de ahora, o siquiera si se seguirán tasando en número de bits, o eso ya pasó a mejor vida.

Les podría comentar alguno de los juegos de aquella, pero este texto se haría interminable, Zelda, Sonic, Final Figth, Street Fighter II, Mario, Donkey Kong, El Rey León, Virtua Racing… un sinfín de ellos. Se usaban términos como, chip FX o SVP, analizábamos cada una de las ranuras que tenían nuestras consolas buscándoles posibles utilidades; conocíamos todos los periféricos que mejoraban las consolas como la Mega-CD o la 32X, incluso de los proyectos de estos, de entre los cuales surgió la PlayStation, al intentar Nintendo aliándose con Sony, igualarse con Sega, en lo del reproductor de juegos mediante CD. Si, éramos auténticos frikis del tema, en una época, donde la información no estaba tan a mano como ahora.

Pero como tantas otras cosas, las consolas fueron algo pasajero para mí. Ya en los último coletazos, la PlayStation renovó mis ánimos con juegos como Resident Evil o Final Fantasy VII. Por cierto, tras una secuela de este último, saltó a la palestra el caso del chico de la katana, ante el cual, muchos medios de comunicación ignorantes ante un fenómeno que no dejaba de crecer, y presos a la demagogia y el ataque fácil, se lanzaron furibundos a echar la culpa de aquel acontecimiento a los videojuegos. De aquella las redes sociales no figuraban como realidad, así que las palabras de expertos y jugones se quedaban solo en las revistas especializadas o en las casas y calles de cada uno.

Durante algún tiempo seguí todas las evoluciones, pero nada comparable a lo de antes, descubrí otras aficiones, desarrollé gustos por nuevas cosas y renové otros, dejando atrás todo este mundo. También cansado de deslealtades, proyectos muertos o sin futuro, y otros aburridos debido a los planteamientos que han traído las nuevas generaciones. Aunque tampoco les negaré que al leer la noticia, me pica un poco el gusanillo, pero sé muy bien lo que va a pasar, sé que ese gusanillo tiene cinco minutos de vida, mientras tecleo el ordenador y que cuando acabe, habrá muerto. Porque las cosas del pasado, están bien ahí donde están, en el pasado, y solo nos resta decir un: Fue divertido mientras duró.

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