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miércoles, 1 de junio de 2011

Vete de Alemania pepino

“Pepinillos” es una expresión típica de alguna serie cursi y antigua americana, pero pepinillos, este asunto de los pepinos españoles es demasiado, es casi un pepinazo.

El caso es el siguiente, como resultado de una ingesta de pepinos puestos hasta las trancas de la bacteria E. Coli, han muerto hasta la fechas 14 personas en Alemania y han resultado infectadas cientos de personas en toda Europa, extrañamente todas residentes o de paso por el estado de Hamburgo. Y ante este hecho, sale una senadora de dicho estado, una tal Cornelia Prüfer-Storcks, que allí será muy conocida, pero que aquí nos importa un pepino, diciendo que este brote infeccioso se debe a los pepinos de origen español. ¡Pepinillos! Exclamo ante tal afirmación, porque la cosa tiene su aquel, resulta que todos los infectados vivían o habían pasado por Hamburgo, donde parece que caen como gorriones ante el feroz ataque del buen pepino español y aquí en España, donde de otra cosa no sabremos, pero de pepinos españoles, entendemos un rato y más en época esta de calores, ensaladas y gazpachos, andamos como quien oye llover. Entonces me da por sospechar en una enorme metedura de pata o en que hay una mano negra detrás de todo esto. Porque después de un buen, sano y castizo cachondeo sobre los pepinos, sobre todo vía Twitter, uno se para a reflexionar en serio sobre todo este asunto y llega a conclusiones ciertamente preocupantes.

Hay tres claros implicados en todo este despropósito de intenciones, que son Alemania, la Unión Europea y España. Cada uno con su responsabilidad y carga de culpabilidad correspondiente.

Las autoridades alemanas, tan admiradas por muchos, incluso por mi persona, han demostrado una falta de coordinación, coherencia y cordura espantosa. Empezando por mi prima Cornelia hasta los más prestigiosos entes sanitarios y gubernativas del país. La señora o señorita Cornelia, la cual no tengo el gusto en conocer, fue la primera en lanzarse ávida a afirmar de manera irresponsable que el foco infeccioso procedía de los pepinos españoles, sin pensar en que a lo mejor algo se podía haber hecho mal en Hamburgo, para luego decir que nadie ha acusado a España cuando ya se sospechaba que el orifen del foco infeccioso podía no ser de la procedencia. Esta actitud prepotente ha traído como consecuencia que se vetaran los productos españoles en general por toda Alemania como si fuesen unos apestados y en toda Europa, sin una prueba clara o evidente de que sean estos el foco de infección.

Todos sabemos que Alemania es el alumno aventajado dentro de esta clase que se llama Unión Europea, pero no actúa como aventajado, actúa como el típico abusón, con una soberbia escandalosa hacia todos los demás estados miembros de manera indiscriminada, sin humildad ni autocrítica ninguna, haciendo casi imposible la convivencia. Para colmo, el maestro de la clase, llamado Europa, no es capaz de imponer un criterio común a todos y se deja ordenar por los dirigentes alemanes como un recién llegado, sin ser capaz ni aspirar a desarrollar políticas comunes a todos los países. Demostrando que Europa es más Europa que Unión. Y así, en este asunto en concreto, hemos vuelto a llegar a ese punto de alarmismo e histeria colectiva como cuando la gripe aviar o la gripe A, que por suerte no fueron para tanto, pero que supusieron un estado de alerta ciudadana anormal, alteración ante la cual, tarde o temprano nos inmunizaremos, permitiendo que de tanto decir que viene el lobo y no llegar este, cuando venga de verdad, a lo mejor nadie se lo crea y pase lo que tenga que pasar.

Por su parte las autoridades españolas han tenido una actuación normal, correcta, pero en ningún caso sobresaliente.  Desde España se ha salido al paso defendiendo los productos españoles, pero no se han aportado las pruebas debidas que demuestren el rigor con el que aquí se tratan a nuestros productos y los exhaustivos procedimientos de control a los cuales son sometidos. La única imagen fue la de la consejera de agricultura andaluza lanzándose a comerse un buen pepino cual Fraga a bañarse en Palomares. Imágenes muy bonitas, pero solo eso, imágenes, cuando lo que tocaba era tirar de datos y pruebas, a parte de la lógica por supuesto. Y, si a esto se le suma la actitud cainitia propia de este país, tenemos una buena ensalada de despropósitos, donde los únicos perjudicados son los agricultores y sus productos, dentro de una Europa en la parece cada vez más que pintamos poco y que desde hace tiempo solo sabe de contentar a unos pocos.

Ahora se estudian pedir ayudas para recompensar las pérdidas, e incluso denunciar a las autoridades que iniciaron esta alerta. Tarde ya, el producto español sale gravemente dañado en su imagen, lo que da que pensar en una mano negra detrás de todos esto, que me recuerda a acontecimientos de épocas pretéritas. Ojo no digo que alguien haya infectado los pepinos, sería una grave acusación habiendo muertos de por medio. Lo que digo, es que detrás de esta gestión hay más intereses que los sanitarios y que seguramente han alterado el tratamiento de la información desde los sectores políticos y mediáticos alemanes y europeos.

Pero por encima de todo, lo que está claro es que se han impuesto los orgullos patrios, y los intereses nacionales y personales con afán de acaparar titulares por encima de todo y esto es muy mala señal.

Primero porque tirar de orgullo patrio en España es una actitud suicida. España no puede llevar a cabo represalias contra Alemania. Alemania es junto a Reino Unido uno de los mayores focos del turismo español durante todo el año, y la economía española sin el turismo no es nada. Por eso invocar ahora a represalias contra los alemanes es cuando menos que un chiste y más en esta época de crisis que estamos viviendo y con más de un 20% de paro. Por otro lado, la agricultura española es uno de los pocos productos que aspira a equilibrar la balanza deficitaria de importaciones y exportaciones, y lo que exportamos principalmente, frutas y hortalizas son productos de gran calidad y a un precio muy competitivo, haciendo de la huerta española una de las mejor consideradas en media Europa y muy envidiada en la otra media. Por eso, imponer restricciones implicaría un efecto contrario de restricciones a nuestros productos, del cual saldríamos claramente perjudicados.

A parte me gustaría recordar que el campo español por mucho que se diga, se debe no al trigo, el maíz o la remolacha, se debe a productos que aparte de los que se producen todo el año como el tomate, tienen su recogida ahora o a partir de ahora. Productos como las cerezas, melones, sandías, melocotones, la aceituna y demás, tan apreciados en el exterior, son productos que pueden verse afectados gravemente si emprenden medidas inquisitivas contra otros países. Lo que se debe hacer es someter al campo español a las revisiones oportunas para que todo el mundo sepan que no solo nuestros productos tienen buen sabor y buen precio, sino que estos productos además, están sometidos a exigentes controles de sanidad que les hacen, los más seguros. Todo lo demás es irse por las ramas y querer salir mal parado.

Por su parte, Alemania, haciendo gala de soberbia habitual no ha reconocido todavía su error ahora que se sabe que el pepino español no es el culpable. Se deben exigir disculpas y compensaciones por la gravedad de su imprudencia desde Hamburgo hasta el Reichstag, pasando por las distintas instituciones alemanas que no pudieron o quisieron poner cerco a la alarma generada. Sé que en Alemania nadie las exigirá, pues al fin y al cabo la ofensa no es para ellos, sino para otros, los últimos de la clase, lo pobrecitos necesitados de lecciones, y por ello la Unión Europea, debe tomar un papel exigente en este aspecto demostrando que está ahí para algo más que para someterse a los designios de Alemania, Francia y Reino Unido.

Y por su parte, para los de la bancada de enfrente de aquí, y sus secuaces de la caverna y el TDT party pedirles que moderen sus enormes hocicos, que cuando los populares gobernaban en este país de la mano del amigo Ánsar, en la frontera de España con Francia se tiraba la fruta española ante los impotentes ojos de los transportistas y agricultores españoles. Y tanto entonces como ahora, decían mucho y hacían poco o nada.

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