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sábado, 30 de julio de 2011

Recordando el 11 de julio de 2011

El pasado 11 de julio se cumplía un año de la final de la Copa Mundial de 2010 en Sudáfrica y quise en su momento escribir algo al respecto, pero por cuestiones personales no tuve la oportunidad de hacerlo, aunque no quisiera dejar pasar la oportunidad para recordar aquella fecha, aunque ya haya pasado un par de semanas de aniversario de aquel acontecimiento.
 
Aquel mundial hasta antes del partido de la final, lo había vivido entre Madrid y León, lo había visto solo o acompañado, y está lleno de recuerdos diversos. Pero nunca me imaginé dónde me podría pillar la final. Pero aquella final, como muchos otros partidos los tengo grabados a fuego por su singularidad, por todo lo que lo pasó y lo que lo rodeó.

El primer partido de España fue el 16 de junio, partido contra Suiza y lo vi solo en Madrid. Hasta aquella fecha el mundial había trascurrido entre la lógica y algunas sorpresas, aunque ninguna destacable por estar todavía en la primera jornada. Recuerdo los empates de Inglaterra e Italia ante Estados Unidos y Paraguay respectivamente, que hacían ver las carencias de estas dos potencias futbolísticas. También me acuerdo del pobre juego desplegado por Brasil ante la débil Corea del Norte que me hizo quitar el partido a mitad de la retrasmisión, pero sobre todo el empate de Francia ante Uruguay, que por mérito uruguayo, a la postre cuarto en la clasificación final del mundial, como por desmérito francés, hizo intuir lo que podría suceder.

Pero vayamos a España, España llegaba como una de las favoritas para ganar el Mundial, y delante nuestro estaba Suiza, a priori inferior equipo. Aquel partido España jugó de lujo, aunque le faltó profundidad. Aquel partido se definió en una jugada desafortunada, donde los suizos metieron un gol de rebote y España acabó perdiendo. Tanta ilusión se había ido por la taza del váter en un segundo y de repente nadie estaba seguro que pudiésemos ganar nada. Al día siguiente, hablando con un amigo me decía que en su barrio habían retirado todas las banderas de España de ondeaban hasta la noche anterior del partido en los balcones. Típico de España, pasamos de la euforia a la depresión en un segundo. Pero llegó el segundo partido, el 21 de junio contra Honduras, un partido malo, pero que España a la postre acabó ganando con dos goles de Villa y donde volvió a surgir la españolidad por las gentes de esta piel de toro.

El último partido fue el 25 de junio contra Chile. Para entonces ya se habían materializado las debacles de Francia e Italia, habíamos asistido de un pase agónico de Inglaterra, y Argentina y Alemania se habían postulado como favoritos para ganar el mundial. Para ver el último partido de la fase de grupos de España, y el último del mundial si perdíamos, había quedado con un amigo junto al Santiago Bernabéu, en un recinto vallado con una enorme pantalla que habían montado para la ocasión. Pero no pudimos acceder, así que decidimos junto a otras personas encaramarnos delante de la cristalera de un bar para verlo desde fuera en su pantalla gigante. A la postre, aquello supuso un golpe de suerte, porque aquel día en Madrid no dejaron de caer tormentas y en aquel sitio por lo menos, estábamos a cubierto. Fue un partido a trompicones que resolvieron sendos goles de Villa e Iniesta, a los cuales, le siguió un gol de rebote por parte de Chile, que nos hizo pasar unos momento de agonía hasta que el árbitro pito el final del partido. De vuelta a casa, aquel día lo recordaré más por el ambiente, que por el partido en sí. Me acuerdo de policías que venían corriendo hacia nosotros, que pensábamos nos van a echar, pero no, de repente se paraban delante del cristal y se quedaban mirando el partido como uno más. También me acuerdo de las risas entre desconocidos y algunas consecuencias del alcohol y la euforia que provocó en más de un acompañante en aquella tarde, y también recuerdo en como llegaba la gente a nuestra posición completamente empapada, que nos dio para pensar: menos mal que no pudimos entrar.

Allí acabó la fase de grupos para España y para mi en particular acabó el mundial desde Madrid, pasando a ver los tres siguientes partidos desde León. El primero de ellos, el de octavos de final fue contra Portugal. Buen partido de España, donde la clave sin duda, fue la entrada al campo de Fernando Llorente. Vicente del Bosque había dado con la tecla y me acordé de partidos del pasado, cuando entrenaba al Madrid, que con un detalle había sido capaz de decantar partidos de su lado. Ese era Don Vicente, o así lo recordaba yo, como el hombre tranquilo de los detalles y aquel día apareció para meternos en los cuartos de final.

Día 3 de julio de 2011, España se volvía a ver las caras contra Paraguay en un Mundial. Atrás quedaban recuerdos malos y buenos, con Chilavert como arquero paraguayo. Y para muchos, en aquel partido tocaba devolver la moneda de Francia 1998. Paraguay jugó a lo único que sabía y sabe, a la defensiva. Yo desde hace años siempre he calificado a Paraguay como la Italia sudamericana, no me parece mal, cada uno escoge su manera de jugar en función del entrenados y sus jugadores, y todas son igual de acertadas y respetables dentro de la legalidad, otra cosa bien distinta es que una guste más que otra, aunque hay que reconocer que, este estilo a esta selección en concreto, le ha valido recientemente un final en la Copa América de 2011.

Aquel día Paraguay jugó a la defensiva, esperando atrás, con las filas bien juntas, presionando mucho y esperando alguna contra o algún balón parado. Sería este último caso lo que marcó el partido, un córner del que tras un agarrón claro de Piqué a Cardozo, sacan un penalti. Tal y como se había desarrollado el partido, si lo metían, aquello podría suponer el fin del Mundial para España, o por lo menos eso pensé yo en aquel momento. Pero no sabía que Casillas estaba por aparecer. Casillas había pasado un mal mundial, con críticas sobre su momento de forma, su supuesto pique con Víctor Valdés y su relación sentimental con la periodista Sara Carbonero, de la cual se había hecho eco algún diario inglés, muy presto a la hora de hacer sangre con España, pues bien fresco tengo el recuerdo, la imagen de un inglés cortándole la cabeza a un torero cuando se enfrentaron España contra Inglaterra en la Eurocopa de 1996 que se celebró en este último país. A esta foto le acompañaban chistes sobre españoles como por ejemplo “¿cómo se dice mujer guapa en español? extranjera”. Me acuerdo perfectamente de esto porque de aquella yo vivía en el sur de Tenerife y allí era y es más fácil, encontrar un diario británico que español, así que me los tragué todos. Pero en aquel momento, todo eso quedaba atrás. Cardozo tiró el penalti a la izquierda de Casillas, este se lanza y… ¡LO PARA! La alegría me desbordó por completo. A partir de ahí todo fue diferente. Le pitan un penalti a favor de España que Xabi Alonso anota, pero que le mandan repetir para fallarlo luego y no pitar en el rebote otro claro penalti cometido sobre Cesc Fábregas. Pero como decía, el partido había cambiado, y a falta de 10 minutos para el final, Villa marcaría un gol agónico tras tocar dos veces el palo que permitiría a España colarse en las semifinales.

Cuando vi el cuadro de semifinales tuve claro que ese mundial era de España. Por un lado Holanda-Uruguay y por el otro España-Alemania. Lo vi claro y así se lo decía a mis amigos y conocidos. España gana el Mundial y lo hará contra Holanda en la final. Todos me miraban un poco extrañados ante esa seguridad, pero yo, por encima del pulpo Paul, tenía mi propia superstición que procedía a explicar ante la cara de incredulidad de alguno. Verán, hacía dos años, en el 2008, dos amigos y yo decidimos hacer un viaje por Europa, y después de mirar un sinfín de destinos, elegimos Múnich, de tal manera que, y en un ataque de previsión y de la búsqueda del precio barato, en marzo ya teníamos los billetes de avión y las reservas de hotel para ir a finales de julio. Casualidades de la vida, hizo que ese mismo año España ganara la Eurocopa contra Alemania en la final, de tal manera que nos plantamos en Alemania con el orgullo patrio henchido a más no poder. Y para más casualidades, resultó que esos mismos dos amigos y yo, ya desde el marzo de 2010 teníamos todo reservado para ir a finales de julio de ese mismo año a Ámsterdam, así que ante esta posibilidad, lo vi claro: la final del mundial sería contra Holanda y ganaríamos, para poder plantarnos en Ámsterdam con el orgullo patrio henchido a más no poder. Así fue, pero no adelantemos acontecimientos.

Antes de llegar a la final, quedaba Alemania, a pesar de mi seguridad en la consecución del entorchado mundial, Alemania, salvo un tropiezo en la fase de grupos, venía haciendo un grandísimo mundial y daba miedo. Pero estaba destinado, Paul y mi presentimiento así lo decían. Y así fue, el 7 de julio, bajo la protección de San Fermín y en un brillante partido de España, el mejor para mi gusto junto con el de Portugal, conseguimos alcanzar la final del mundial gracias a un potente testarazo de Carles Puyol. La final del mundial algo nunca visto hasta la fecha.

Al día siguiente de ese partido, nos fuimos un amigo y yo a hacer una caminata con la tienda de campaña a cuestas durante 7 días por la cornisa cantábrica entre Asturias y Cantabria, y el destino quiso que aquel 11 de julio de 2010 nos pillara en Llanes.

Es verdad lo que dijo Carlos Martínez: durante la restransmisión “Estamos en un momento que debemos recordar el resto de nuestra vida”. Yo lo recuerdo, como si estuviera ahora mismo allí, plantado en medio de Llanes, en la terraza de un bar, con los ojos fijos en aquel monitor, mi colega a un lado, rodeado de gente, sufriendo a cada segundo, a cada patada recibida, cada oportunidad fallada por los nuestros y a cada ocasión desbaratada por la retaguardia española. Recuerdo ver a mi alrededor, asturianos y gente de otros lados de la geografía española, europeos, africanos y sudamericanos, todos juntos, empujando a 23 hombres que tenían en sus manos y sus pies ilusionar a todo un país y a todos los amantes del fútbol.

Hubo que esperar 116 minutos de fútbol para que eso pasara, para que Andrés Iniesta a pase de Fábregas con un disparo cruzado traspasara la portería holandesa, dando a España su primer campeonato del mundo. En ese momento, un segundo, no sé muy bien qué pasó, miraba a mi alrededor y todo el mundo gritaba y saltaba, yo tenía una cámara de fotos que acabó por los suelos y se desarmó. Daba igual a quien fuera, todo el mundo se abrazó, sin mirar con quién, solo había alegría y lo que esta provoca, que todo lo demás, no importa nada. Allí ya no había regiones, ni ideologías ni religiones, ni colores de piel, solo había felicidad. Todo lo demás fue una lenta agonía hasta que el árbitro tocase el pitido final. Y cuando llegó, otra ola de alegría se extendió, solo eclipsada unos breves instantes por el silencio que precedió a la levantada de la copa del mundo por Iker Casillas.

Desde ese momento hasta que me fui a acostar, todo es borroso, no era del todo consciente de lo que se acababa de conseguir, un cúmulo de pensamientos me asaltaban a la cabeza. ¿Cuántas personas llevan siguiendo este sueño hasta poder verlo? ¿y cuánto tiempo? ¿y cuántas personas se fueron sin poder sentir esta alegría? Yo pensaba en todos mis seres queridos, lo que entonces estaban en mi vida y los que habían estado. Poco me importaba si les gustaba el fútbol o no, ellos estaban en mi cabeza y mi en corazón, junto a todas esas personas que acompañaron a la Selección Española hasta ese momento.

Es posible que nunca vuelva a sentir algo como esto, pero me da igual. Por un solo día, la felicidad plena nos abordó a todos. Y cada vez que veo un video sobre aquella final, me llega el recuerdo al olor salino del mar y se me ponen la piel de gallina. Y justo en el minuto 116, algo dentro de mi salta de alegría. Y vuelvo a recordar lo que dijo Carlos Martínez: “Estamos en un momento que debemos recordar el resto de nuestra vida”. Yo lo recuerdo, 11 de julio de 2011, en Llanes, Asturias, con mi colega, saltando de alegría y acordándome de todos las personas presentes o pasadas, con las que me hubiese gustado compartir ese momento a la brisa del mar.

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