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sábado, 23 de julio de 2011

Una de mis canciones del verano

En pleno verano, con el calor, que por fin empieza a apretar un poco por León, el cuerpo me pide cantantes, discos y canciones concretas. Todas ellas con el aroma que solo se percibe en verano. Y no me refiero a las canciones pachangeras, que por esta época suelen salir como churros. No, me refiero a la música que sigue presente en mi vida y mi memoria vinculada a esta época del año sin necesidad de catetismo hispanoveraniego con sus barbacoas, el corral y mucho menos sin los cantos de sirena de OT.

Sin duda, mi disco por excelencia del verano es sin duda el Flamingos de Enrique Bunbury. Me hice con él, en el verano de 2002, recién aterrizado de Suecia y no puedo escucharlo sin el sol dándome en todo el pescuezo, a la vez que, no puedo escucharlo sin evocar las olores y sensaciones del verano. Pero no queda ahí la cosa, también están Los cucas con su primer disco; el Astronomía Razonable del Último de la Fila rayado hasta la saciedad en una terraza del sur de Tenerife; hace calor de Los Rodríguez para aquellas noches calurosas de parranda; el primer disco de Estopa y así hasta un largo etcétera forman una banda sonora veraniega a lo largo de mi vida.

Pero hoy quisiera hablarles de una canción muy concreta, una canción del último disco de Quique González que solo puede ser de verano, como es el caso de “la luna debajo del brazo” de su último disco, Daiquiri Blues. Esta canción, en uno de sus fragmentos dice tal que así:

“Conduciendo hacia el Puerto de Santa María,
Con tus piernas ardiendo en el salpicadero”.

Y es que esta es una escena que no dejo de imaginarme en mi cabeza. Los protagonistas los tengo claros, uno yo, para eso lo imagino yo, el que conduce. El otro ella, alguien a quien conozco, ella no sabe que es ella, pero en esta canción, no puedo dejar de poner otra cara que la de ella. Me la imagino tal cual, con los pies en salpicadero como dice la canción, descalza, con la ventanilla abierta, permitiendo que el aire cálido que entra generado por el movimiento del coche revuelva su pelo y con las gafas de sol puestas. De ropa… algo ligero típico del verano y más cuando estamos camino del Puerto de Santa María.

La escena trascurre en silencio, con la música sonando. Nadie habla, ni falta que hace y mientras yo tengo mis ojos puestos en la carretera, ella observa el paisaje, mostrándome solo parte de su perfil. Entre ella y yo no hay nada, ni en la vida real, ni en la escena que me imagino. Solo estamos los dos, sentados en ese vehículo, cualquiera, recorriendo ese paisaje gaditano, con sus calores típicos del verano y con el olor a salitre que llega desde la cercana costa.

He intentado poner otra cara a esa imagen mental, otras sensaciones y otros momentos, pero me es imposible. Esa canción, ese trocito, le pertenece a ella exclusivamente y al verano. De igual manera otras canciones les corresponden a otras personas y otras estaciones, esta le pertenece a ella y a esta estación. Y mientras suena ahora mismo en mi ordenador, no dejo de imaginarme el paisaje, percibir las sensaciones veraniegas de la costa gaditana y verla nítida, sentada a mi lado.

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