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sábado, 24 de diciembre de 2011

El viaje


23:39. Con diez minutos de retraso sale el tren, origen León, destino Barcelona. Me acompaña esa mochila negra que desde Zaragoza, en tantos viajes me ha acompañado. En los cascos se puede escuchar el disco de Amaral “Gato negro, dragón rojo”, delante, el teclado y a la siniestra una lata de cerveza que he pillado en la cafetería para aliviar las más de ocho horas que me esperan sentado en esta butaca.

El viaje en si, para algunos representa el trayecto entre dos puntos, sin nada que pueda aportar a sus vidas, pero para mi, el viaje es algo más, es un momento de pausa en mi vida, un instante donde los pensamientos reverberan, estando como estoy abstraído de toda realidad presente, porque mientras viajo, nada me ata a ella, solo paisajes que pasan a toda velocidad. Y me acuerdo entonces de aquellos viajes que me marcaron de manera significativa, Moscú, Biarritz, Sundsvall…

Tal vez por eso, me encanta viajar, porque me permite no solo aprender cosas de sitios completamente diferentes a los conocidos hasta la fecha, sino también porque me permite poner cientos de kilómetros de distancia sobre todo aquello que representa mi vida en su día a día. Porque más dormido que despierto o tal vez, más despierto que nunca, la sencillez, la calma y la lucidez invaden mis pensamientos, haciéndome sentir un monje budista en busca de la sabiduría más absoluta, sin siquiera ser capaz de aferrarme a ella, porque esta se escapa, según pongo un pie en tierra firme.

Pero este viaje es especial, y no solo porque me vaya a pasar las Navidades con mis seres queridos a donde me crie, sino porque, y es en este preciso momento cuando caigo en la cuenta que, hace 12 años cogía un avión hacia Barcelona para al día siguiente subirme en un tren rumbo a León, porque aquel viaje cambió mi vida, y hoy me encuentro haciendo el trayecto opuesto, y también porque todavía es día 23, y el 23 representa algo muy importante para mi, y entonces también me percato que llevo un tatuaje nuevo en mi espalda, un tatuaje que dice más de lo que aparenta. Y es que la vida puede que se componga de casualidades, o llámenlo azar tal vez, porque si no, no se explican las cosas que en esta suceden, no se explica que hoy estuviese hablando con esto mismo con una chica en medio de la calle.

Le meto otro sorbo a la cerveza y miro la oscuridad que me arroja la ventada de mi diestra, imaginándome lo que podría ofrecerme durante el día, intentando hacer el ejercicio inverso que realizó Van Gogh cuando pintaba su “Habitación de Arlés”, y pienso en paisajes marrones y amarillos pálidos, consecuencia de leve capa de hielo que la noche ha dejado de forma caprichosa en su hurto termal, me imagino casas de ladrillos anaranjados, coches circulando, niños jugando en las calles, personas paseando, trabajando, haciendo recados, parándose a hablar unos con otros, con una sonrisa en la boca y un tono amable, cuasi burlón… tantas cosas, me imagino, pero no existe ninguna de ellas más allá del cristal, pues solo hay negrura en él.

El viaje. Y pensándolo un poco, no sé que pasará después de este viaje, sabiendo como sé que en todo viaje algo cambia en mí, y no sé que será lo que cambie esta vez. Sea lo que sea, lo recibiré con los brazos abiertos. Pero pase lo que pase, no habrá más entradas en este blog hasta el año que viene y para este año 2012 que entra, me he propuesto, aparte de la eterna intención de adelgazar unos kilitos, que sea el año de los sustos, porque como canta Enrique Bunbury “si siempre conviene alegrar a la gente, también de vez en cuando está bien, asustar un poco”. Pues asustemos un poco.

Pd.: Ya ven que esta entrada va de maños (Mochila, Amaral y Bunbury) ¿significará algo también? Feliz Navidad y próspero año nuevo para todos.

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