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lunes, 5 de diciembre de 2011

Reflexiones al aire 2


En estos momentos yo debería estar haciendo algo útil como estudiar, trabajar o realizar algún recado pendiente, pero en lugar de hacer cualquiera de estas cosas, me encuentro tecleando, por el mero hecho de la necesidad de hacerlo. En una ocasión escribí en algún versillo de esos que de vez en cuando se me escapan que, la escritura es para mí el mejor de los psicólogos y hoy, puede que sea más verdad que nunca, y por eso mismo, aquí me tienen, tecleando.

Tras mi último escrito y el visionado de una película que me recomendaron vía Twitter, hoy veo un poquito más claro todo lo que me rodea y todo lo que llevo dentro. Y es que hoy es el día de las palabras dichas y los actos hechos, que para mí, nunca fueron banales como ya expresé en la entrada que tenía por título “En clave personal”. Nunca fui de esa clase de personas que ante una frase o un acto concreto se quedó indiferente, no es que me considere especialmente listo, pero tengo por defecto el análisis de cada una de los acontecimientos y las expresiones, así como la ausencia de ellos también.

Vivimos en un mundo basado en las apariencias, aparentar ser duros, que nada nos afecta, que podemos con todo, por eso mismo fortificamos cada uno de nuestros costados, acto extremadamente útil para defendernos de nuestros enemigos, pero nocivo cuando se trata de recibir a personas en son de paz, los alejamos de forma mortal. Presumimos de valentía, pero somos unos cobardes, hemos rechazado el cuerpo a cuerpo por un parapeto, donde vivir agachados, esperando que la realidad acabe ahí afuera sin enfrentarnos a ella ¿dónde está la valentía en eso? Las personas valientes, son las que a pesar de conocer los posibles daños, permanecen erguidas esperando su destino. Y a pesar de la terminología bélica que empleo, la vida no es una guerra, ni siquiera una batalla, es un lapsus de vanidad, donde aspiramos a ser felices, para lo cual y en contra de toda lógica, lo primero que hacemos es negarnos la libertad, esencia misma de la felicidad, y lo que es peor, se la negamos a los demás.

Por este motivo, lanzamos dardos verbales al aire, esperando que los demás se percaten de ellos, alejándolos de nuestra mísera parcela a defender por considerarla el único hogar posible, negándonos la posibilidad de encontrar otros mejores, más allá de esta. Algunos, los analizan con precisión quirúrgica, intentando ver en ellos las clases que les otorguen las pistas necesarias para poder mover algún pie en caso de avanzar en alguna dirección o de quedarse quiero. Otros, por el contrario, personas cuya felicidad se basa en la más absoluta de las ignorancias y la arrogancia, permanecen ahí cual perritos falderos o huyen muertos de miedo.

Esta semana he asistido a actos de cobardía y valentía personal expresada en actos y palabras, personas que sin apenas conocerme me ha abierto puertas y otras que con igual conocimiento sobre mi persona, me las ha cerrado, haciéndome sentir despedidas donde no las había, sin hacerlo y he comprobado que la vida es más hermosa, placentera y feliz cuando te tienden una mano, un voto de confianza, en vez de darte un empujón. Por esto mismo, ¿por qué habría de comportarme como los que empujan en vez de como los que tienden la mano? Y si el tiempo pasa y me piden un peaje, veré si quiero pagarlo, o por el contrario, tendré que decir que no.

Mientras tanto, seguiré apostando por una conquista personal más allá de mi minúsculo terruño, aunque para ello tenga que sufrir una dolorosa derrota más, porque tal vez puede que no sea tal, puede que sea un victoria, o incluco puede que, como cantaba Enrique Bunbury, esa derrota sea mi victoria.

Sócrates: "Las verdaderas batallas se libran en el interior."

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