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viernes, 2 de diciembre de 2011

Reflexiones al aire


El tiempo pasa inexorable e impermutablemente para todos y cuando nos queremos dar cuenta, nos encontramos rodeados de una serie de consecuencias, todas o casi todas fruto de unos actos, si bien voluntarios, determinados por la imprudencia, la inconsciencia y una incoherencia compartida con los silenciosos, colaboradores o cómplices.

Negamos la lucidez compartida de aquellos siempre dispuestos a tender una mano, por verla como algo extraño. Desconfiamos de los bienintencionados por considerarlos un género raro dentro de la condición humana, por miedo a los posibles peajes que nunca pidieron, por la torpeza de pensar que es mejor decir que “no” antes de tiempo y no en el momento exacto.

Nos creamos barreras, nos imponemos fronteras, nos aferramos a cadenas por miedo a la caída libre hacia la libertad, a reír con quien quisimos reír, abrazarnos a quien nos quiso abrazar, dejarnos ayudar por quien no tuvo más intención que esta; por no gritar cuando nos apeteció, saltar cuando pudimos y llorar cuando lo necesitamos.

Defendemos fortalezas indefendibles, en estado ruinoso, por pensar que más allá de esos cuatro ladrillos no hay más mundo, por querer disimular un reino amenazado constantemente por la nada, por aparentar leones sin ver que nuestro país pertenece a Oz, por abrazar con todas nuestras fuerzas la vida solo entre Viena y Moscú.

Perseveramos en la ceguera de la perversión de los falsos visionarios, pensando que es mejor seguir los caminos marcados, aunque nunca fuimos suficientemente equipados para ellos, renegamos de las curiosidades inciertas, por las respuestas obvias, un contrato blindado por los engaños, las vaguedades y las simplezas.

Prometiendo no caer en los mismos errores, hicimos de nuestra vida una obra de infinitas reposiciones, los mismos errores, los falsos ideales, las fanáticas creencias, sin nada que aprender ni enseñar rodeados de necios, incultos y adoradores de la chapa y pintura. Mintiendo, mintiéndonos, echamos de menos todo aquello por lo que no luchamos.

Y si la libertad y la felicidad son tan bonitas, tan necesarias, tan anheladas, ¿por qué nos empeñamos en alejarnos tanto de ellas? ¿Por qué no experimentar nuevos defectos, errores y fracasos? ¿Por qué no arriesgarlo todo en nuevos, inciertos y locos proyectos si ya lo hemos perdido todo? ¿Por qué habríamos de tener miedo presumiendo de tanta valentía?

Friedrich Rückert: “Algunos se imaginan ser libres y no ven las ataduras que los aprisionan”

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