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domingo, 6 de mayo de 2012

Los recortes


Hará hoy ya un par de semanas que en un acto de derroche económico, reactivación de la economía o demostración inconsciente que la crisis nos es inmune, elija cada lector la versión que mejor le cuadre, quedé con un amigo para tomar unas cervezas. Tras los saludos oportunos, abordamos la típica pregunta de ¿a dónde vamos? Para acabar decidiéndonos por ir a un bar ubicado detrás de la catedral de León. Y allí, entre una Chimay y una Grimbergen, mi amigo me comentaba: “Este gobierno está aplicando las mismas políticas de recortes que el gobierno de Cameron en Reino Unido” a lo cual yo añadí: “con la diferencia que la capacidad de generar riqueza de Reino Unido es muy superior a la de España”.

Efectivamente, el gobierno de España se está limitando a hacer lo mismo que hizo el gobierno británico, que no es otra cosa que gestionar la política económica mediante una sencilla operación matemática, operación que cualquiera de ustedes podría aplicar para gestionar su economía doméstica: Ingresos – Gastos = Saldo. O sea, que si los gastos son superiores a los ingresos, tengo pérdidas y si mis ingresos son superiores a mis gastos, tengo beneficios. Así que se dedica a recudir los gastos a su mínima expresión para que le salga un saldo positivo. Sencillo ¿verdad? Pero hay un punto de divergencia en la cual ustedes coincidirán conmigo, y es que un país no es una casa y por lo tanto, su economía no habría de ser si quiera parecida.

Por supuesto, no vengo ahora a hacer demagogia barata, no pretendo insinuarles que tengamos que volver a pasadas épocas de derroches a espuertas, pues todo el mundo, hasta el más neófito en temas económicos, entiende a estas alturas que el déficit es excesivamente elevado en España y que, por lo tanto hay que aplicar políticas que favorezcan su reducción, pero de ahí, a hacerlo a la velocidad que pretende este gobierno va un abismo debido a un error de cálculo que trataré de explicar lo más sencillamente posible.

Si ustedes tienen algún familiar o conocido cursando en la actualidad los estudios de Educación Primaria, pueden pedirle prestado durante unos segundos el libro del área de Conocimiento del Medio e ir al tema que aborda los aspectos relacionados con el trabajo y la actividad económica, ahí podrán ver la división de las actividades económicas de España en los tres sectores económicos acompañado de una gráfica, y si se fijan podrán ver como el sector terciario en España representa más del 60% de la actividad económica, lo cual implica que es sin duda alguna el gran el motor de la economía española. Este porcentaje que para muchos representa la realidad de la mayor parte de los países desarrollados, tiene un punto de inferencia en el caso de España, y es que la mayoría de países desarrollados del mundo cuenta con un sector secundario muy potente, cosa que no es el caso de España.

Recordemos que el sector terciario abarca actividades relacionadas con los transportes, la educación, los medios de comunicación, la sanidad, la administración, etc. Analizando estas actividades podemos observar que tanto los trabajadores como los usuarios de estas actividades son básicamente nacionales, lo cual provoca que, la principal actividad económica depende del consumo interno, aspecto, harto mencionado y bien sabido por todos. Y es aquí, en algunas actividades de este sector, las de su competencia claro, donde interviene el gobierne con su fórmula mágica. Su lógica es la siguiente: reducir gastos en estos servicios, bien sea encareciéndolos mediante tasas indirectas o directas, reduciendo su cobertura o incluso eliminándolos en su totalidad, para al final acabar reduciendo el déficit.

Pero la realidad no es tan sencilla. Estas medidas, aparte de las pérdidas sociales que implican, suponen que por un lado, a la larga muchas personas se vean en la calle, personas que antes cotizaban y pagaban sus impuestos, y por otro lado menos personas van a poder acceder a estos servicios, lo que implica que, las empresas que ofrecen estos servicios obtendrán menos beneficios y por lo tanto, pagarán menos dinero al estado. En resumidas cuentas, el estado recaudará menos dinero, lo que hace que, esa velocidad a la que se pretendía reducir el déficit no va a ser la deseada, llevando al gobierno en su afán por mantener dicha velocidad a imponernos nuevos recortes. Esto no es otra cosa que la pescadilla que se muerde la cola, o dicho en palabras del expresidente de Gobierno Felipe González, un perro que persigue a una liebre inalcanzable hasta que el perro reviente.

Mención aparte, dentro del sector terciario, merecen el turismo y la banca. El turismo por un lado, el principal motor de la economía española se desploma, debido a dos aspectos, por un lado a la pérdida de competitividad que lleva acuciando desde hace unos años, y por otro, porque esta crisis, como también es bien sabido, es global y los principales países originarios de nuestros turistas, también están en crisis, haciendo que sus ciudadanos viajen menos y que cuando lo hacen, es para gastarse menos dinero que antes. Pero ¿por qué España depende tanto del turismo y de las actividades vinculadas al él? Básicamente, porque supone el dinero fácil y rápido, y los distintos gobiernos de este país desde los años 60 han permitido el crecimiento de esta actividad sin mirar nada más, y lo peor de todo, sin ni siquiera aprovechar los beneficios de esta para el desarrollo de otros sectores más importantes a la larga para el crecimiento y estabilidad de un país como la investigación, el desarrollo, el fomento de la tecnología, etc.

Y aquí es donde entra juego la banca. No hay gobierno que no necesite de la banca para su estabilidad y no hay banco que no quiera tener a los distintos gobiernos y partidos políticos contentos, en otras palabras, los bancos y los gobiernos se rascan la espalda mutuamente. Con esta realidad la banca no encontró mejor oportunidad de negocio que cuando se liberalizó el suelo y la inversión en el negocio inmobiliario. Esto creo un crecimiento económico como nuca antes se había visto y todo en el país parecía ir bien, pero la realidad era otra. Los gobiernos, los bancos y los ciudadanos se endeudaron hasta las trancas, y todos ignoramos aquel refrán que dice “no hay peor pobreza que la deuda”, y nos dimos al gasto sin control, o dicho de otra manera, al despilfarro. De este castillo de naipes llegamos a los inicios de la crisis. Tras varios años de bonanza económica, se presumía que teníamos uno de los sectores bancarios más saneados del mundo, pero cuatro años después se ha demostrado lo contrario, desvelando la verdad, un sector bancario endeudado como el que más, y lo peor de todo, endeudado y sin posibilidades de recuperar ese dinero, a partir de ahí, el estado intentó inyectar liquidez mediante dinero público, lo que genero más deuda pública, pero los bancos en vez de ponerlo en circulación, lo utilizó para paliar sus pérdidas, haciendo que todo crédito quedara bloqueado en todas las direcciones, provovado que tanto los sectores privados como los públicos se vean carentes de liquidez para crecer y por lo tanto para generar empleo y riqueza. ¿Qué consecuencia trae esto consigo? Más deuda y menos dinero para recaudar, y por lo tanto, más pagos y menos ingresos, y por lo tanto, más recortes. Por este motivo es tan necesaria esa reforma financiera que se empeña el gobierno en prolongar.

Y llegados aquí, abordamos el punto de inflexión respecto a otras economías, el sector secundario. Por más que se empeñen en afirmar algunos lo contrario, en España es muy débil, de no ser así, no se explicaría nuestra deficitaria balanza de exportaciones e importaciones. Incluso en la industrializada Comunidad de Madrid, el sector secundario, no llega a representar ni un 30% de la actividad económica, esto aplicado a la media española, nos deja una situación preocupante, de hecho, aparte de la ya mencionada construcción que se encuentra en horas bajas tras años de desenfreno, y de la desconocida pero pequeña industria armamentística, España apenas cuenta con unas cuantas cadenas de montaje de distintas empresas extranjeras que cuando lo consideren oportuno se las llevarán a sitios donde los costes le resulten más baratos o estén más cerca de grupos poblacionales donde haya un poder adquisitivo suficiente para poder adquirir sus productos. No gozamos de empresas propias consolidadas a nivel tecnológico, investigación o innovación, tampoco contamos con materias primas rentables que explotar para el desarrollo de distintas industrias. Esto, sumado al aumento del paro generado por los recortes, supone una merma de la venta de los productos manufacturados, una merma de la producción, más despidos y todo esto a la larga, sin inyección de liquidez bancaria, la única consecuencia es menos dinero a ingresar las arcas públicas.

Respecto al sector primario hay menos que decir todavía, generan pocos beneficios y muchos de los productos que se explotan dependen de las subvenciones para su supervivencia. Aunque en este aspecto también podemos mencionar un défitit histórico de España que no es otro que su poco peso económico, financiero, político, diplomático y militar a nivel mundial.

Por todos estos factores, considero que la fórmula económica que maneja el gobierno actual es errónea tomada como un dogma a intentar lograr en el menor tiempo posible. Comparto la idea de la reordenación del estado en las competencias para evitar duplicidades y un mejor aprovechamiento del dinero público para la reducción del déficit, pero esto, sin estímulos a la economía solo genera más recortes. Un ejemplo de esto lo tenemos en el gobierno de Cataluña, que tras duros recortes, solo ha logrado una leve reducción de su déficit, y porqué, porque es verdad que ha gastado menos, pero a costa de ingresar menos también.

Pero lo triste de toda esta situación es que, han sido los políticos los que nos han metido en esta situación, fueron ellos los que endeudaron las arcas públicas, pero ninguno de ellos están pagando ni sufriendo esta situación, sino todo lo contrario, estamos siendo los ciudadanos los ques pagamos por nuestros pecados y por los suyos a la vez. Aun así nos dicen que debemos aguantar y estar callados, pero a lo mejor no, a lo mejor hay que gritar más alto.

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