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lunes, 19 de noviembre de 2012

La tentación del azar


Hay objetos que llegan a nuestras vidas determinados por un caprichoso azar y que poseen la extraña cualidad de interferir en nuestros destinos, facilitándonos decisiones, afirmando momentos o revelándonos cosas.

La primera vez que me pasó algo parecido fue en Llanes hace ya unos cuantos años. Estaba en una tienda con unos cuantos amigos cuando se me antojó un objeto, no revelaré cual, pero, y a pesar de lo que me llamaba la atención, no me acababa de decidir a comprarlo pues no formaba parte de los típicos suvenires que solía adquirir en mis viajes, sin embargo en ese momento, una amiga se me acercó y observando la atención casi hipnótica que le estaba prestando a aquel objeto me dijo: a veces hay que hacer cosas que uno intuye que tiene que hacer, por muy raro que parezca. Esa frase me bastó para dirigirme a la caga con él. Aquel objeto, que hoy observo en la estantería, no solo se convirtió en uno de los muchos parecidos que he ido coleccionando a través de mis viajes, sino que me dio la determinación necesaria para tomar decisiones que en el aquel momento tenía que tomar.

De esta manera he ido coleccionando una cantidad caprichosa de cosas que colman mi habitación para mi desespero a la hora de limpiarla. Sin embargo últimamente, estos objetos que a priori no parecen tener ningún significado, se me presentan en forma de libros y no siempre libros que yo compro, sino en algunos que me regalan o me habían regalado hace tiempo.

Cuando uno compra un libro tiene sus motivos para hacerlo, por muy triviales o caprichosos que sean estos, pero en ocasiones, los libros llegan a uno sin ser llamados y acaban en tus manos porque el azar así lo ha querido. Yo personalmente no puedo dejar de caer en la tentación cuando veo una casualidad, y me hago con ellos para leerlos en el momento. La mayoría de las veces estos libros me resultan malos, tediosos o incómodos, pero me los leo igual, por mucho que me cueste. Una vez acabados los pongo en la estantería donde acabarán sus días acumulando polvo, en esa estantería donde su canto sobresale de manera particular haciendo que se te desvíe la mirada, aunque sabiendo que nunca más los volverás a abrir.

En otras ocasiones los libros ya estaban ahí, el regalo de un amigo que se te olvidó leer o una compra cuya lectura dejaste aplazada, pero que, de repente toca leerlo, como por arte de magia, y el universo parece que conspire para que ese libro coincida con un momento muy particular que estás viviendo, y aunque hubiese sido la propia elección como la ajena la que te llevó a ese libro, cada página da paso a una incomodidad soberana que invade por completo cada uno de los rincones de tu cuerpo. Haciendo que cada párrafo parezca un mal trago a intentar digerir cuanto antes.

También puede ser que todo esto sea fruto de mi imaginación, de la autosugestión o como quieran llamarlo, pero qué quieren que les diga, yo, como diría Oscar Wilde, también pienso que “La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”. Y si el destino me pone algo en el camino, no pienso ignorarlo.

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