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sábado, 24 de febrero de 2018

Inocencio Arias García


Inocencio Arias García, seguramente a pocos de ustedes les sonará este nombre, pero si les digo que este hombre fue el ertzaina fallecido ayer en los aledaños del estadio San Mamés de Bilbao, antes del partido, durante los graves enfrentamientos entre los ultras del Athletic de Bilbao y del Spartak de Moscú, seguro que ya les suena.

Este hombre, de 51 años, natural de la localidad vizcaína de Ermua estaba casado y tenía dos hijos. El jueves 22, día en el que falleció, salió de su casa para, como cualquier otro día, ganarse el jornal, ¿de qué manera? Sirviendo a la sociedad bajo el cometido de cuidar a la ciudadanía de Bilbao. Me lo imagino en ese preciso momento, en el que salía de su casa, poniendo un primer pie en la calle, respirando el aire frío del invierno, sintiéndolo en la cara y en el cuerpo, adquiriendo un gesto resignado sabiendo que sería un día duro, manifestaciones por las pensiones dignas por la mañana en el centro de Bilbao y partido con presencia de hinchas radicales por la tarde en San Mamés… ¡Joder, qué día me espera! pensaría, pero sin siquiera imaginar que sería el último día en que haría eso, esa acción tan cotidiana de poner un primer pie en la calle y sentir el aire frío de una mañana de invierno.

Lo que sucedió después es de sobra conocido por todos, en medio de los enfrentamientos entre los ultras del Athletic y del Spartak, una bengala tirada por los miembros de Herri Norte cae cerca del ertzaina y fallece de una parada cardíaca. Al poco rato de conocerse la noticia se alzaron las voces de condena contra este execrable acontecimiento, medios de comunicación, clubes de fútbol, deportistas e instituciones del deporte y civiles. Todos a una, omitiendo de manera flagrante sus responsabilidades en lo acontecido. Porque ahora es muy fácil hablar de los ultras y yo lo haré luego, pero los ultras existen porque, en muchos casos se consiente su existencia cuando no se apoya, sobre todo por parte de algunos clubes de fútbol y sus organismos.

Empecemos por las autoridades civiles que aquí y ahora no se van a ir de rositas. Alguien me podría explicar ¿cómo es posible que un agente de la Brigada de Antidisturbios podía estar en activo desde las 7 de la mañana hasta las 9 de la tarde, hora aproximada en la que sucedieron los hechos? Cuidado, que no estamos hablando de una persona que se ha metido todas esas horas podando geranios y que está de macetas hasta el gorro, estamos hablando de un agente antidisturbios, sometido a una gran tensión durante un largo periodo de tiempo, algo que resulta inconcebible a todas luces. Y aquí podemos hablar de una mala planificación de la jornada o de una falta de recursos en cuerpo de la Ertzaintza, elemento del que se quejan algunos sindicatos policiales, ante lo cual seguramente unos y otros se levarán las manos y echarán la culpa a otros, pero es más que evidente que hay una responsabilidad manifiesta en lo sucedido por parte de las autoridades civiles.

Estas mismas autoridades, las que se muestran muy críticas con la violencia de los ultras cuando sale a través de los medios de comunicación, pero que a la hora de la verdad no muestran la debida contundencia contra ellos, en parte por sus intereses directos debido a afinidades ideológicas, sobre todo dentro de la derecha; pero también por intereses indirectos. Atacar a los ultras se puede vincular con atacar a los mismos clubes y ya se sabe que a ningún político le interesa enemistarse con el circo del pueblo, más bien todo lo contrario, hay que facilitar en la medida de los posible el desarrollo de los distintos clubes para tener a las masas apaciguadas. Llegados a este punto, me gustaría decir que, si los dirigentes civiles se preocupan un poco por sus conciudadanos, debería salir a la palestra y desaconsejar ir al Mundial de Rusia 2018 y la final de la Copa Europa league 2018 en Kiev. Pero les sobra servilismo y les faltan arrestos para hacerlo.

A continuación pasemos a la siguiente pata del banco, los clubes y las instituciones del fútbol. Tengo la intuición que no voy a ser muy innovador si digo que tanto la FIFA, UEFA y la LFP son instituciones con unos niveles de corrupción que sonrojarían al más curtido en estas lides y si no fuera por las distintas dirigencias abiertas por el FBI y otras instituciones judiciales, seguirían desarrollando la corrupción hasta terrenos insospechados. Estos organismos, junto a los clubes han tolerado la violencia en el fútbol por todo el mundo. Estos organismos citados, de vez en cuando toman alguna medida sancionadora como multar económicamente a un club o cerrar por algún partido aquel estadio donde se producen altercados, ante las quejas de agravios de los correspondientes clubes, pero no van más allá, no estudian los cosas en concreto y ni mucho menos tienen el valor necesario para tomar medidas drásticas de verdad como eliminar a aquellos clubes que dan cobijo a grupos violentos de las competiciones, porque claro, eso sería dejar de recaudar dinero, y como empresas multinacionales que son en busca del beneficio, iría en contra de sus principios, porque la única verdad es que desde hace tiempo las distintas instituciones del fútbol no velan por el deporte, sino por el dinero que genera, de esta manera se explican concesiones de mundiales, finales de eliminatorias, nuevos torneos y un sinfín de chorradas con fines recaudatorios.

Por su parte, los clubes llevan años aguantando, cuando no apoyando, entre las filas a aficionados violentos. Los vemos como de manera impune llevan a cabo actos vandálicos, coaccionan a futbolistas, entrenadores y directivas. Y aunque ahora tengamos la tentación de hablar de los aficionados rusos, de los que hablaré a continuación, estos energúmenos están presentes en casi todos los países vinculados a clubes o a selecciones, los vemos en España, Francia, Italia, Inglaterra, Argentina, etc. y son pocos los clubes que han tenido el valor de hacerles frente de manera global, pues la mayoría, si lo hacen, se limitan a quitar el carné de socio al cafre de turno. Estos exaltados acceden a los estadios, se les habilita espacios para su material e incluso tienen la posibilidad de llegar hasta a los mismos jugadores, cosa que no pueden hacer ni los más fieles seguidores. En ocasiones de manera anecdótica se esconden detrás de las simbologías de diversas ideologías como un medio para justificar su barbarie, pero sólo es eso, un parapeto, pues carecen de ningún mensaje social más allá del desprecio, el insulto y la violencia.

A los que carezcan de memoria les diré que estos exaltados llevan años campando a sus anchas por el fútbol mundial, los veis cuando era pequeño en Tenerife, cuando radicales de Países Bajos, Inglaterra y Escocia convertían bares y calles del sur en zonas de batalla. Con el tiempo los vi en Madrid cuando vivía allí y otras ciudades de España por la tele, desde donde veo a muchos otros violentos en España o de otros países. Aun así he de reconocer que las imágenes que llegas desde Rusia son algo que nunca me podría imaginar. Los ultras rusos son auténticos salvajes, pequeños ejércitos entrenados para la violencia, bajo el amparo de las instituciones y clubes rusos y con la tolerancia de las organizaciones del fútbol rusas, europeas y mundiales que no hacen nada para combatirlos. Es más, después de organizar las peleas que llevaron a cabo en la Eurocopa de Francia 2016, no se ha planteado suspender el mundial de Rusia 2018 ni la final de la Europa League en Kiev 2018 con todos los riesgos que supone. No puede ser que unos países que permiten esta violencia acojan ningún acontecimiento deportivo ni que sus equipos viajen por el mundo llevando a una gentuza como esta de manera completamente impune.

Y ya acabo, recordando de nuevo a Inocencio Arias García, al que estos días se menciona de manera dolorosa y con muchos pésames por parte de varias instituciones. Se ha muerto de una parada cardíaca, pero su sangre mancha muchas manos. Que descanse en paz.

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